Hace algo más de un año, en un coloquio tras una actuación con el alumnado del centro de formación de adultos del Polo Mugica de Buenos Aires, un chico me preguntó cuál había sido el lugar más especial en el que había contado cuentos. En ese momento no supe que contestarle.

Esa misma noche, recordando la pregunta del chaval, aparecieron en mi memoria aquella función que hice en Cúcuta (Colombia) delante de cientos de espectadores, también aquella otra en Zhomba (Zimbawe) a la sombra de un enorme árbol, también la que hice en Perú en un pequeño Centro Cultural de Chachapoyas o rodeado de mi querida gente de Arena y Esteras de Villa el Salvador. También vino a mi mente la que hice en el mercado de abastos de Medina Sidonia (Cádiz) con mi familia regalándome sus oídos y su emoción, o aquella función en Alanís (Sevilla) donde la gente no quería irse porque quería seguir escuchando cuentos toda la noche o el estreno de “El canto de la cigarra” en el Rincón del Búho (Sevilla) o aquella con los niños y las niñas de la cañada de Hidúm de Melilla o la primera vez que subí al escenario de Libertad 8 (Madrid) o el regreso a la Universidad Pablo Olavide después de 15 años para compartir las historias de “Maita Basa” .

 Cualquiera de las que he nombrado puede que haya sido la función más especial, pero también puede que la más especial sea la que tuve ese mismo día en el Polo Mugica de Buenos Aires donde la pregunta del muchacho hizo que despertaran todos estos recuerdos. O quizás la más especial sea la que haga mañana en la asociación de mi barrio junto a mis vecinos y a mis vecinas o en aquella biblioteca que año tras año confía en mi trabajo.

Y es que sin duda este maravilloso oficio me permite que cada función sea única, cada encuentro diferente, cada reacción una sorpresa y, por la tanto, cada actuación absolutamente especial, dejándola guardada en un lugar de mi memoria y de mi corazón.